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Mañana extraordinaria

Me senté frente a la computadora, como todas las mañanas. Me puse más o menos las pilas las primeras dos horas, sacando el laburo más urgente y más fácil. Como todas las mañanas, abrí primero el Página 12, después La Nación y Clarín. Le dí una mirada a las noticias, reforma política, repercusiones de aquí y allá, las escuchas telefónicas de Macri, esas cosas. Volví a los mails, me interrumpió el teléfono unas cuantas veces, preparé unos mates, y me hice el payaso un rato, como todas las mañanas. Llegó el turno de repasar Télam, y me encontré con la grata sorpresa de que habría cadena nacional de Cristina al mediodía, antes de viajar a Chile. Upa, dije, se viene una sorpresita.
Como todas las mañanas, cayó Ariel a mi escritorio a robarme un mate. Ya tenía abierto el Canal 7 online, esperando la cadena nacional. Se sumó Coqui al mate y a la transmisión.
El anuncio.
Primero emoción, como casi todas las veces que escucho a la presidenta. Después alegría, y finalmente esa sensación tan cercana a la felicidad. Cristina lo había hecho de vuelta. Cristina estaba ahí dando una nueva lección de política, renovando una vez más su compromiso con el pueblo y, principalmente, poniendo un granito más en la lucha contra la desigualdad social. Cristina estaba ahí, en mi pantalla, haciendo de mi mañana normal una mañana extraordinaria.
Inmediatamente pensé en un post para este blog tardío. Iba a tener una foto y dos o tres palabras, porque ya estaba todo dicho. La primera imagen que me vino a la mente fue la de este pibe, uno de los beneficiarios del nuevo anuncio. Me pregunto si sabrá que hoy han hablado de él, que hoy festejamos por él, que a pesar de ser un pibe anónimo, hoy me acordé de él, felizmente.
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Un extraño en tu pueblo



Miró el reloj. Todavía faltaba un buen rato para que saliera su micro (colectivo se le dice acá). No quería mostrarse nervioso, aunque había acabado un segundo cigarrillo, y estaba a punto de encender el tercero. Se dió cuenta del desatino, y prefirió regresarlo a la cajita. Volvió a su diario, como para mantenerse ocupado y olvidarse un rato de la incomodidad de las miradas ajenas. Ese diario tampoco lo dejaba completamente impune. Por estas tierras no se consigue, a lo sumo Clarín o La Nación.

Ese viejo seguía mirándolo con ojos de hiena, justo enfrente de él. No parecía estar esperando nada en esa tarde fría de domingo. Estaba solo y sin equipaje. Daniel F. creía que el viejo se había puesto de acuerdo con la minita que estaba a su izquierda. Cuando el viejo se daba vuelta y dejaba de mirarlo, entonces era ella la que le prestaba atención. Y viceversa. Una o dos veces pensó en levantarse y preguntarles si necesitaban algo, pero juzgó que esa movida lo dejaría en evidencia, mucho más. Vos sos el extraño allí, y debés soportarlo en silencio. Además, no había ninguna necesidad de empezar una discusión en ese lugar, mucho menos dar motivos a nadie para llamar a la policía. En estos pueblos todos se mueven corporativamente. Digamos que se pueden cagar a tiros por unos cuernos, pero siempre saldrán a defenderse si se trata de un extraño como vos. Mejor dejate de joder, bajá la mirada y hacé como que no te das cuenta. Volvé a tu diario, Daniel F. Prendete el pucho ese que devolviste a la cajita, y hacete el boludo.

El clima hostil de este pueblo de mierda lo había perturbado desde su llegada. Fue a pedir ayuda al barcito de esta misma terminal, y aunque estaba seguro de que la camarera sabía muy bien lo que le estabas solicitando, ella prefirió decirte que no sabía adonde queda ese lugar que el extraño insistía en preguntar. Le diste toda la información que tenías, pero la chica siguió negando con la cabeza. Tuviste que tomar un remís por unas pocas cuadras.
Ya de regreso, compraste puchos en un kiosco, y te animaste a preguntar por el tren (siempre preferiste viajar en tren). Tampoco le dieron la ayuda que necesitaba, y solo supieron decirle adonde queda la estación. Nada de horarios ni de precios, como preguntó. Hiciste lo tuyo, y volviste a la terminal de micros. Te sentaste a esperar la salida del próximo colectivo, medio escondido detrás del Página, medio relojeando al viejo, a la mina y a la puerta de ingreso. Estás nervioso y se te nota. Estas hienas lo huelen. Vos no sos de acá. Tu ropa te vende, tu diario, tu peinado, hasta la marca de cigarrillos lo vende.

Vuelvo a mirar el reloj, y el destello azul de la baliza de un patrullero te hace dar un salto. Tuviste la lucidez de esconder la prueba del delito en un tacho de basura, pero me quedaron manchas en toda la mano. Eso me hace sospechoso, no jodamos. ¿Y si alguien me vió? Me fijé bien. No había gente en la calle, las persianas de las casas estaban bajas y era la hora de la siesta. Pero nunca se puede estar seguro en un pueblo de mierda como este. Carajo, la cana no.
El patrullero pareció seguir de largo. Vamos, ni siquiera viste que fuera la policía, solo percibiste un destello azul. Decidís que es mejor asegurarse y vas a pispear a la puerta, haciéndote un poco el boludo. Nada, ningún rati a la vista.
Otra vez ese viejo mogólico que se dió vuelta para mirarme. Ni que hubiera cometido un crimen, pensás y sonreís. ¿Me habrá visto? Entró a la terminal justo detrás de mí, y a juzgar por su apariencia, no tiene la menor intención de tomarse un micro. Solo me mira, y circunstancialmente saluda a algún otro viejo que anda por ahí.
Por fin ves que tu micro estaciona en la plataforma. El cartelito dice Retiro, así que no tenés ninguna duda. Salís con tu mochila y te parás junto a la puerta del colectivo. Apenas el chofer termina de revisar el boleto, sube como un rayo y se acomoda en el último asiento, allí donde nadie lo puede ver. Sigue subiendo gente, gente que no sabés de donde salió, pero que está en otra . Ya nadie se fija en vos y empezás a tranquilizarte. Escucha que se cierra la puerta del micro, y se estira relajadamente en el asiento.

¡Imposible! El viejo sale de la terminal y da unos cuantos pasos en dirección al colectivo. ¡Arrancá mierda, arrancá! El viejo parece hablar. Gesticula, levanta un brazo, se apura. El micro empieza a moverse marcha atrás, despacio, mientras ves que el viejo cobra mayor velocidad. Daniel F. lo ve acercarse, caminando rápido pero con dificultades, blasfemando y alzando los brazos, señalando en su dirección. Vamos chofer, acelere por dios, pensás o gritás, qué importa. Tenés miedo porque ya no hay dudas de que él lo sabe todo. Ese viejo choto te vió escribir la pared, te vió tirar la lata de aerosol en un tacho de basura camino a la terminal y te vió cuando tratabas de limpiarte las manchas de pintura en el baño.
Ya no te quedan dudas. El viejo sabe que quién escribió "Viva Kirchner" en una pared de su pueblo fui yo.



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Cumplir un sueño














Franco Morresi, Satan Dealers.
Niceto Club, Buenos Aires.

Nos han enseñado a ser buenos hijos, buenos alumnos, buenos trabajadores, buenos padres. Nos enseñaron los 10 mandamientos, a comer con la boca cerrada, a hacer la tarea, a no matar. Algunos nos perfeccionamos en la universidad para ser mejores en aquello que tenemos aptitudes, para triunfar en el mercado laboral, para ascender socialmente. Y, por lo general, cumplimos con ese cometido con todas nuestras energías. Está quién forma pareja, compra una casa y poco a poco adquiere una entidad social respetable. Es buen vecino, corta el pasto y va a los cumpleaños cuando es invitado.
Sin embargo, existe un grupo de personajes que se resisten a llevar ese estilo de vida que toda madre sueña para su hijo, que todo docente desea para sus alumnos, que todo/a novio/a busca en su pareja.
Podemos llamarlos rebeldes, yo prefiero llamarlos soñadores. Van en contra de lo socialmente establecido, avanzando lentamente pero a paso firme. No aceptan las cosas como están dadas, se rebelan contra aquello que no les permite concretar su objetivo, se enorgullecen de ser distintos.
Reparten sus energías en trabajos que detestan mientras se perfeccionan en aquello que desean. Invierten su dinero en pos de ese objetivo, relegando otros lujos, autoimponíendose limitaciones que no interfieran con la concresión de su ambición. Se comprometen, luchan, se frustran y vuelven a empezar. Siempre creyendo que el objetivo, el sueño, está allí, a la vuelta de la esquina.
Quién sabe si lo logren. El camino es difícil, y la realidad es hostil. El mundo, la sociedad, no están preparados para ellos. ¿Será que ellos están preparados para el mundo? Como saberlo...
De todas maneras, los soñadores son gente terca y seguirán intentándolo.
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Welcome to La Boca

República de La Boca, 5 de la tarde masomenos.

La Boca es indiscutiblemente uno de los barrios más emblemáticos de Buenos Aires. Turístico, pero hasta ahí nomás. Villero, pero pintorezco. Peligroso, porque me lo contaron. Tiene en sus genes algo de la cultura argentina que nos caracteriza como pueblo, porque es contradictorio como solo un argentino podría serlo. Genialidades artísticas de Quinquela Martín, rebusque a gran escala de cientos de personajes que tratan de sacarle unos pesos a los turistas, un café Havanna instalado en lo que fuera un conventillo de inmigrantes pobres, casas de colores frente a un río podrido por la quietud.
La Boca es símbolo a la vez de la decadencia de una sociedad que hacina a sus pobres en las orillas de una ciudad que todavía repite que fue la 5ta economía del mundo, el granero, etc, con la prosperidad de un pueblo que nunca se dió por vencido, que se organizó desde sus bases para refundarse, y destruirse a si mismo interminables veces. La Boca lo tuvo todo: su primer cuartel de bomberos para salvar del incendio a los los conventillos para inmigrantes, expresiones artísticas populares, como comparsas, tangos y milongas, huelgas proletarias y hasta una república independiente con su bandera.
Es frecuente que un xeneize marque distancia de cualquier otro argentino, apele a un sentir boquense de difícil acceso para un extranjero, y saque chapa de un orgullo especial por haber nacido o haber vivido en sus calles. Nada muy diferente con cualquier argentino que decide cruzar la frontera, salvo que éste, cuando está en su país, se dedica muy especialmente a denostar cualquier cosa que lleve los genes argentos, junto a compatriotas que lo escucharán en silencio y asentirán todo lo que este diga.
Volviendo a La Boca, entre sus gemas tiene no solo el olor a mierda de su río, las casitas de colores y el patriotismo de cabotaje, sino que alberga al club de fútbol más grande de la Argentina, el más argentino del mundo, el de mayor identidad de todos. Pasionales y un poco nostálicos, los hinchas de Boca recorren de punta a punta el espectro social y geográfico de la Argentina, donde todo está permitido.
Hoy, La Boca es símbolo de prosperidad, de una tendencia a la auodestrucción, de una facilidad para el eterno resurgimiento. Como lo fue con sus inmigrantes de antaño, como lo seguirá siendo porque así está marcado en nuestros genes.
La Boca tiene algo de todos nosotros, indiscutiblemente.
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La ley, nuestra ley

La nueva Ley de Servicios Audivisuales es nuestra.
Por ellos, por nosotros, porque nos la merecemos.
Gracias Cristina.

más fotos: http://www.flickr.com/photos/marianofotografias/
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Patria o

Clarín.
Hace unos 10 años yo estudiaba en la Universidad de Lomas de Zamora una carrera del área de comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales. En ese momento, el nombre Kirchner no se conocía, como tampoco se conocía el de Sergio Bergman. Sí existía una incipiente discusión acerca del poder dañino de los monopolios en la construcción de sentido de la sociedad. Por aquel entonces, ya se hablaba de la necesidad de una nueva ley de radiodifusión que reemplazara a la de la dictadura. Y, por aquel entonces, ya había probadas razones para realizar el cambio.
Hizo falta bastante tiempo, la llegada al gobiernos nacional de una mujer, el voto no positivo de un hijo de putas, la marcada intencionalidad de un grupo multimedios, para que finalmente se llegara adonde estamos hoy.
A la luz de los acontecimientos, pareciera que la sentencia escrita en esta pared tiene más vigencia que nunca. Son pocos los que, de un lado o del otro, no sienten esta batalla como la madre de todas las batallas. Porque ya no quedan dudas de que se está discutiendo no solo la calidad de la información que recibimos todos los días, sino también el nivel de independencia que somos capaces de darnos frente a las ataduras y bajezas que durante años tuvimos que soportar como sociedad.
En estos meses hemos aprendido de qué manera son capaces de controlarnos, como podemos transformarnos en meros repetidores de eslóganes y clichés. Aprendimos como somos atravesados por el discurso hegemónico, al punto de hablar y hacer lo que nos dicen que hablemos y hagamos. En el mejor de los casos, somos conscientes de ese fenómeno, y nos mezclamos entre el montón para obtener algún rédito o intentar sostener lo que se cae (escribo esto y pienso en Cobos, en De Angeli, en De Narváez, en Carrió, etc). En el peor de los casos, somos parte de un vergonzoso ejército de zombies que repite "mordaza, leicá y censura", como antes lo hicimos con "caja, expropiación y conchuda".
Nos han manejado con una comodidad durante tanto tiempo que da bronca. El que diga que a él/ella nunca le pasó, miente. Pero justamente, como somos conscientes de lo que fueron capaces de hacernos, es que hoy somos lo suficientemente fuertes como para levantarnos frente al opresor y decirle en la cara: ya no te quiero más.
Esta nueva ley tiene todas las garantías de ser una buena ley, porque lleva la estampa de todo un pueblo que desde hace al menos diez años viene trabajando por dejar de ser invisible, mudo y esclavo. Será una buena ley porque ya no queremos que nos digan lo que somos, sino que queremos contar como somos, nosotros mismos.
El próximo viernes tenemos que estar orgullosos. Estaremos haciendo historia.
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Una vacación a oscuras

Hace un año ya, Octubre 2008, me fui a conocer el famoso Cabo Polonio, República Oriental de los 33, lugar de vacación de cierta aristocracia mediática argentina y snob, que año tras año le gusta probar nuevas sensaciones. Como un Marley comiendo arañas pollito, o una Susana resucitando dinosaurios, estas gentes se animan a cualquier cosa, entre lo que cuenta atrevimientos tales como no bañarse, comer pescado frito todo el día y no pagar la cuenta de la luz.
Cabo Polonio resultó ser un hermoso pueblito costero (o esteño, como llaman los uruguayos a casi cualquier lugar que se acerque al mar. No solo Punta del Este merece un apelativo tan concheto), habitado por unos cuantos hippies septuagenarios y otros que se fueron convirtiendo post-tinelli. Eso ocurre, claro está, mientras uno no cometa el error de visitar el cabo durante el verano. Yo no lo hice, así que solo podría arriesgarme a decir (cuento con la información precisa de la única mujer que vi en los días que estuve allí, la señora del único restaurante de la única calle principal, que servía el más rico sánguche de pescado ever) que durante los meses de éxodo porteño uno bien podría compartir la vista al Faro, o la poca agua del pueblo con Florencia Raggi, Nicolás Repetto, sus múltiples hijos y vaya a saber uno con cuantos otros cientos de escapistas más.
Decía entonces que estos ipies septuagenarios alguna vez decidieron hacer de este lugar un verdadero reducto de difícil acceso, con posibilidades de crecimiento realmente limitados y con dificultades mayúsculas. No solo porque no permiten la llegada de la electricidad, sino porque además no permiten el ingreso de autos particulares al cabo. El acceso se realiza con camiones 4X4, que entran y sacan gente a través de un camino de arena de unos 30 kilómetros.
El servicio de hospedaje es bien modesto, y probablemente uno termine durmiendo, como yo, en una piecita de una casita con vista al mar. Los precios son, como era de esperar, también altos. No hay camping y está expresamente prohibido acampar en la playa. De esta manera resolvieron sus septuagenarios habitantes no tan hippies ahorrarse los problemas que conllevan la juventud, el desacato y los pelos largos.
Vuelvo a decir que Octubre me pareció un mes ideal para visitar Cabo Polonio, salvo que uno tienda al suicidio o sea demasiado sencible a la autoflagelación. Una persona mal amada, dejada u olvidada podrá tener un ataque de pánico bastante fácilmente. Basta considerar el hecho de que cerca de las 7 de la tarde el pueblo queda cubierto por una espesa niebla, la más absoluta oscuridad y la sensación de película de terror mala que tiene a un faro como único punto de referencia e iluminación. El que crea que un paisaje desolado, una buena noche de silencio, una conversación en voz baja, la ausencia absoluta de ringtones pelotudos y la conciencia ecológica como bandera es no solo una linda aventura sino también una necesidad, pues visite Cabo Polonio sin miedo. Capaz que nos veamos por allá.
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Vanidad

Se murió la Negra Sosa. Esta madrugada.
Yo pensé que iba a durar un poco más, y por eso fui algo sarcástico en mi posteo anterior, y lo estoy siendo en este momento también. Es que me fui al Congreso, a eso de las 3 de la tarde, para sacar alguna fotito. Y me encontré primero con una cola de gente, no eran muchos (creo que son siempre los mismos, que van para salir en la tele, que les encanta cuando se nos va un famoso), y después, cuando doblé la esquina, con la mediatización de la muerte. Ya la había visto con Alfonsín, pero hoy me resultó más grosera. Varios camiones de TV, cámaras por todos lados, micrófonos y muchos movileros. Muchos. Me acerqué a la entrada de Rivadavia del Congreso y entonces esto. El insoportable de Lerner con su ¿novia? (¡que buen gato pegaste Lerner!) sobre un colchón de pétalos de rosas, dando notas detrás de un valladito. Se lo veía feliz a Lerner, acompañado de su colágena mujer, que mostraba piernas y compungimiento ante semejante pérdida.
Resulta que ultimamente la muerte se convirtió en un lindo programa para el fin de semana, si es que caemos en suerte, o para un par de jornadas del más hondo sentimiento republicano, si pasa como con Alfonsín. Y los que nos pensamos comprometidos, y no tenemos algo mejor que hacer, nos damos una vueltita por el Congreso, nos dejamos sacar unas fotos, con suerte salimos por TN, y con nuestra mejor cara de circunstancia, dejamos una flor sobre el jonca. Y después a bancarse un par de días de vida y obra del muerto, la repercusión internacional y su trasfondo político (porque toda muerte lo tiene). Todo musicalizado, editorializado, enlatado y listo para consumir.
Si tenemos el don de la fama, aunque sea chiquita, aprovecharemos los minutos de aire, repetiremos las palabras harto ensayadas camino al velorio, mostraremos el gato de tacones y hasta capaz que tenemos la suerte de ser fotografiados por el ojo entrenado de uno de los mejores fotógrafos de la actualidad, un tal Mariano Iñiguez.

Vanidad, mi pecado favorito.
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Buenos Aires 2009


Autor de la foto: Yo: http://www.flickr.com/photos/marianofotografias/

Voy viendo si refloto la idea de tener un blog, y publicar constantemente. Blog ya tengo, constancia me la llevé a marzo. Como decía, la idea es obligarme a sacar fotos, publicarlas y que la gente se deleite con ellas y con las idioteces que puedo llegar a escribir. Como ya algunos saben, mi intención es largarme definitivamente a recorrer el país y por qué no la América toda. Pero necesito que ese esfuerzo no sea en vano, y conseguir buenas imagenes para que Uds. luego me comenten y compren. Bueno, digamos que lo último es una simple expresión de deseo. Creo que un blog de fotos acompañadas de un pensamiento me va a ayudar.

Y acá tienen a Buenos Aires desde una ventana, o a través de ella. Uno de sus bares. Lindo, ¿no? Un poco solitaria esa gente, no se sabe quién le hace compañía a quién. El viejo camarero cuenta la propina (yo fui camarero como 15 días, y no se por qué estoy orgulloso de eso). El otro mira la tele. Hay una botella de vino con su vaso en el pico de la botella, hay minutas y hay servilleteros como los que había antes. Falta el cenicero triangular de lata (en el 2009 no se podía fumar en los bares y restaurantes de Buenos Aires). Sí señor, tenemos una postal que nos llegó por avión, un avión que tardó 20 años en llegar.
En este preciso momento escucho a Luca Prodan cantar que se suelte el pelo, que él used to love an italian girl. Estamos a horas de que Mercedes Sosa se muera, tengo un celular Nokia azul y acompaño todo con esta foto que hice hace poquito, que atrasa, que llegó por carta, que vino desde mis recuerdos de una Buenos Aires que ya no está más.
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