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Un extraño en tu pueblo



Miró el reloj. Todavía faltaba un buen rato para que saliera su micro (colectivo se le dice acá). No quería mostrarse nervioso, aunque había acabado un segundo cigarrillo, y estaba a punto de encender el tercero. Se dió cuenta del desatino, y prefirió regresarlo a la cajita. Volvió a su diario, como para mantenerse ocupado y olvidarse un rato de la incomodidad de las miradas ajenas. Ese diario tampoco lo dejaba completamente impune. Por estas tierras no se consigue, a lo sumo Clarín o La Nación.

Ese viejo seguía mirándolo con ojos de hiena, justo enfrente de él. No parecía estar esperando nada en esa tarde fría de domingo. Estaba solo y sin equipaje. Daniel F. creía que el viejo se había puesto de acuerdo con la minita que estaba a su izquierda. Cuando el viejo se daba vuelta y dejaba de mirarlo, entonces era ella la que le prestaba atención. Y viceversa. Una o dos veces pensó en levantarse y preguntarles si necesitaban algo, pero juzgó que esa movida lo dejaría en evidencia, mucho más. Vos sos el extraño allí, y debés soportarlo en silencio. Además, no había ninguna necesidad de empezar una discusión en ese lugar, mucho menos dar motivos a nadie para llamar a la policía. En estos pueblos todos se mueven corporativamente. Digamos que se pueden cagar a tiros por unos cuernos, pero siempre saldrán a defenderse si se trata de un extraño como vos. Mejor dejate de joder, bajá la mirada y hacé como que no te das cuenta. Volvé a tu diario, Daniel F. Prendete el pucho ese que devolviste a la cajita, y hacete el boludo.

El clima hostil de este pueblo de mierda lo había perturbado desde su llegada. Fue a pedir ayuda al barcito de esta misma terminal, y aunque estaba seguro de que la camarera sabía muy bien lo que le estabas solicitando, ella prefirió decirte que no sabía adonde queda ese lugar que el extraño insistía en preguntar. Le diste toda la información que tenías, pero la chica siguió negando con la cabeza. Tuviste que tomar un remís por unas pocas cuadras.
Ya de regreso, compraste puchos en un kiosco, y te animaste a preguntar por el tren (siempre preferiste viajar en tren). Tampoco le dieron la ayuda que necesitaba, y solo supieron decirle adonde queda la estación. Nada de horarios ni de precios, como preguntó. Hiciste lo tuyo, y volviste a la terminal de micros. Te sentaste a esperar la salida del próximo colectivo, medio escondido detrás del Página, medio relojeando al viejo, a la mina y a la puerta de ingreso. Estás nervioso y se te nota. Estas hienas lo huelen. Vos no sos de acá. Tu ropa te vende, tu diario, tu peinado, hasta la marca de cigarrillos lo vende.

Vuelvo a mirar el reloj, y el destello azul de la baliza de un patrullero te hace dar un salto. Tuviste la lucidez de esconder la prueba del delito en un tacho de basura, pero me quedaron manchas en toda la mano. Eso me hace sospechoso, no jodamos. ¿Y si alguien me vió? Me fijé bien. No había gente en la calle, las persianas de las casas estaban bajas y era la hora de la siesta. Pero nunca se puede estar seguro en un pueblo de mierda como este. Carajo, la cana no.
El patrullero pareció seguir de largo. Vamos, ni siquiera viste que fuera la policía, solo percibiste un destello azul. Decidís que es mejor asegurarse y vas a pispear a la puerta, haciéndote un poco el boludo. Nada, ningún rati a la vista.
Otra vez ese viejo mogólico que se dió vuelta para mirarme. Ni que hubiera cometido un crimen, pensás y sonreís. ¿Me habrá visto? Entró a la terminal justo detrás de mí, y a juzgar por su apariencia, no tiene la menor intención de tomarse un micro. Solo me mira, y circunstancialmente saluda a algún otro viejo que anda por ahí.
Por fin ves que tu micro estaciona en la plataforma. El cartelito dice Retiro, así que no tenés ninguna duda. Salís con tu mochila y te parás junto a la puerta del colectivo. Apenas el chofer termina de revisar el boleto, sube como un rayo y se acomoda en el último asiento, allí donde nadie lo puede ver. Sigue subiendo gente, gente que no sabés de donde salió, pero que está en otra . Ya nadie se fija en vos y empezás a tranquilizarte. Escucha que se cierra la puerta del micro, y se estira relajadamente en el asiento.

¡Imposible! El viejo sale de la terminal y da unos cuantos pasos en dirección al colectivo. ¡Arrancá mierda, arrancá! El viejo parece hablar. Gesticula, levanta un brazo, se apura. El micro empieza a moverse marcha atrás, despacio, mientras ves que el viejo cobra mayor velocidad. Daniel F. lo ve acercarse, caminando rápido pero con dificultades, blasfemando y alzando los brazos, señalando en su dirección. Vamos chofer, acelere por dios, pensás o gritás, qué importa. Tenés miedo porque ya no hay dudas de que él lo sabe todo. Ese viejo choto te vió escribir la pared, te vió tirar la lata de aerosol en un tacho de basura camino a la terminal y te vió cuando tratabas de limpiarte las manchas de pintura en el baño.
Ya no te quedan dudas. El viejo sabe que quién escribió "Viva Kirchner" en una pared de su pueblo fui yo.



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3 comentarios:

coqui dijo...

esta foto me encanta.
la de franco también es muy buena. creo que es la más linda de las que te he visto.

MarianoMundo dijo...

gracias! sos de las pocas que comentan. Esto del facebook está matando la vieja escuela jejeje. Lástima que en esto del blog las fotos se ven feas.
Beso

Anónimo dijo...

Terible boludo! Y el final al mejor estilo Iñiguez. Ariel