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Una vacación a oscuras

Hace un año ya, Octubre 2008, me fui a conocer el famoso Cabo Polonio, República Oriental de los 33, lugar de vacación de cierta aristocracia mediática argentina y snob, que año tras año le gusta probar nuevas sensaciones. Como un Marley comiendo arañas pollito, o una Susana resucitando dinosaurios, estas gentes se animan a cualquier cosa, entre lo que cuenta atrevimientos tales como no bañarse, comer pescado frito todo el día y no pagar la cuenta de la luz.
Cabo Polonio resultó ser un hermoso pueblito costero (o esteño, como llaman los uruguayos a casi cualquier lugar que se acerque al mar. No solo Punta del Este merece un apelativo tan concheto), habitado por unos cuantos hippies septuagenarios y otros que se fueron convirtiendo post-tinelli. Eso ocurre, claro está, mientras uno no cometa el error de visitar el cabo durante el verano. Yo no lo hice, así que solo podría arriesgarme a decir (cuento con la información precisa de la única mujer que vi en los días que estuve allí, la señora del único restaurante de la única calle principal, que servía el más rico sánguche de pescado ever) que durante los meses de éxodo porteño uno bien podría compartir la vista al Faro, o la poca agua del pueblo con Florencia Raggi, Nicolás Repetto, sus múltiples hijos y vaya a saber uno con cuantos otros cientos de escapistas más.
Decía entonces que estos ipies septuagenarios alguna vez decidieron hacer de este lugar un verdadero reducto de difícil acceso, con posibilidades de crecimiento realmente limitados y con dificultades mayúsculas. No solo porque no permiten la llegada de la electricidad, sino porque además no permiten el ingreso de autos particulares al cabo. El acceso se realiza con camiones 4X4, que entran y sacan gente a través de un camino de arena de unos 30 kilómetros.
El servicio de hospedaje es bien modesto, y probablemente uno termine durmiendo, como yo, en una piecita de una casita con vista al mar. Los precios son, como era de esperar, también altos. No hay camping y está expresamente prohibido acampar en la playa. De esta manera resolvieron sus septuagenarios habitantes no tan hippies ahorrarse los problemas que conllevan la juventud, el desacato y los pelos largos.
Vuelvo a decir que Octubre me pareció un mes ideal para visitar Cabo Polonio, salvo que uno tienda al suicidio o sea demasiado sencible a la autoflagelación. Una persona mal amada, dejada u olvidada podrá tener un ataque de pánico bastante fácilmente. Basta considerar el hecho de que cerca de las 7 de la tarde el pueblo queda cubierto por una espesa niebla, la más absoluta oscuridad y la sensación de película de terror mala que tiene a un faro como único punto de referencia e iluminación. El que crea que un paisaje desolado, una buena noche de silencio, una conversación en voz baja, la ausencia absoluta de ringtones pelotudos y la conciencia ecológica como bandera es no solo una linda aventura sino también una necesidad, pues visite Cabo Polonio sin miedo. Capaz que nos veamos por allá.
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1 comentario:

La niña santa dijo...

Envidia me das! Yo te di el dato del Cabo ese y ni siquiera lo conozco! Ah, eso de que está expresamente prohibido acampar en la playa puede ser muy cierto, pero conozco gente que ha acampado allí y no le pasó nada. Voy a ver si en octubre próximo voy. Es un lindo mes Octubre, siempre pasan cosas importantes en Octubre. Recuerdo que todos los discos más importantes de la carrera de U2 se lanzaron en Octubre, lo tenían como una especia de cábala.