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Vehículos


Vehículos.
Desplazarse, moverse.
Por placer o necesidad, nos movemos por la geografía del tiempo, los relieves nos encuentran a medida que deshacemos los caminos.
Hay unas palabras. Llegan los vestigios de una conversación banal un par de asientos más allá. Mientras todos duermen, vos no. Registrás el espacio de ese vagón con olor a gente, pocamente iluminado, agudizando los sentidos, abstrayéndote profundamente. Es así que te das cuenta de que no todos duermen, como creías.
Esa mujer te mira con ojos de vaca. No podrías decir si hay tristeza o compasión en la mirada. Por lo pronto, no hay desconfianza, sino una cierta distancia que te aleja algunos años de ella. Quién sabe si hacia adelante o hacia atrás, tal vez nadie lo sepa. Tu pregunta no le molesta, más bien, le exije algo a lo que ella no está acostumbrada. Dale tiempo. Sus instrucciones no te satisfacen, porque ella da por sentado que conocés minimamente el lugar. Te dice algo de un río, y te nombra sitios que nunca viste. Le agradecés el esfuerzo. Ella produce un saludo mínimo y se va, dejando unas líneas de polvo detrás de su bicicleta azul.
Un chorro de frío entra por alguno de los innumerables agujeros de ese colectivo. Todo vibra, frágil es poco. Pero no me importa. Solo pienso en el nombre de la mujer que ya no me espera del otro lado del teléfono, que acaso no sepa que estoy a mil kilómetros de distancia intentando en vano olvidarla. Está empañada la ventanilla, o sucia, y del otro lado corre una cinta sin fin con un paisaje que se repite eternamente. Ya me di cuenta del truco, ya se cuando todo vuelve a empezar.
Esto es solo un viaje en el tiempo.





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Suena el celular. Uno de los pibes (chavista, seguro) de La Plata que protagonizó la protesta frente al ministerio la semana pasada.
Buenas noticias: recuperaron el presupuesto para los viajes de estudio, luego de la toma de la facultad. Bien ahí.
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Chavistas (la noche de los lápices)


Como en una vieja foto blanco y negro, los recuerdos de una historia atroz que apenas estamos superando se encarnan en un presente menos trágico pero que tiene aun puntos de contacto con ese pasado cruel.
El otrora bigotudo Jefe de Gobierno, o alguno de sus payasescos ministros, califica de chavista a un grupo de estudiantes secundarios que desde hace un mes jaquea su ya de por si jaqueada gestión de gobierno, en una actitud que de nada sirve para destrabar el conflicto.
Como si se tratara de un caprichoso juego adolescente de ver quién la tiene más larga, el alcalde acaso solo atine a mostrarse fuerte ante ese electorado más reaccionario, la última muralla que le queda en pie de cara a las próximas elecciones, y redobla la apuesta frente a sus quinceañeros vecinos a pocas horas de regresar de su paseo invernal por la vieja Europa.
Empequeñecido en sus batallas, el pobre Mauricio elige confrontar con los jóvenes organizados, ridiculizándose hasta el hartazgo en su maraña de improvisadas jugadas políticas de saldo perdedor.

Mientras esto ocurre, se recuerdan los 34 años de aquel otro ataque a la educación, la noche de los lápices.
Estratégicamente elegida la fecha, un 16 de Septiembre de 1976, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata fue secuestrado mientras marchaba en reclamo por el boleto estudiantil, y fue torturado y asesinado por la Junta Militar y sus grupos de tareas. Historia conocida, felizmente ya parte de un pasado que no volveremos a ver.
No volveremos a ver, porque están acorralados y temerosos. Porque son una minoría sin sustento social, perdida como una manada de lobos viejos que solo pueden dar algunos zapazos furiosos pero sin dientes.
Al menos esta es la conclusión que saco luego de presenciar el acto más vergonzoso que haya visto en mis años de fotoperiodista. Y fue, llamativamente, justo ayer, en vísperas a la conmemoración de la tragedia estudiantil platense.

Ministerio de Educación de la Nación, casi las 2 de la tarde. Un grupo de unos 50 estudiantes de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata se moviliza hasta allí para reclamar por fondos para viajes de estudios. Unos 50, dije. Dos o tres de ellos cruzan una calle y comienzan a pintar una pared.
Lo que creemos que fue un cana de civil (vestía saco y corbata), quién cobardemente nunca se identificó, pela una nueve, toma del cuello a uno de los estudiantes (con una de esas tomas que usualmente vemos por TV en los casos de delincuentes que tienen rehenes) y amenaza al resto. Llegan los refuerzos y se producen enfrentamientos y golpizas. Un par de estudiantes reciben unos golpes, y 3 de ellos son llevados detenidos.
Rato después, cuando todo parecía encauzarse por los canales del diálogo, se produce otra escaramuza menor, con algunos gritos y empujones. Otro cana, esta vez de uniforme, algo desencajada su cara, patea sin necesidad varias veces a un estudiante que estaba en el suelo, al cual también se querían llevar detenido. Llega la infantería, que forma un cordón frente a los pibes, en un exagerado operativo, pretensiosamente sobreactuado.

Volví a ver aquellas viejas imagenes en blanco y negro, de aquellos años de plomo, que continuamente vemos en noticieros que por estos días hacen bien en traernos a la memoria los hechos aberrantes que propiciaron los mismos que hoy llaman chavistas a los que reclaman por sus derechos estudiantiles.
Esta vez no hubo tiros, ni secuestros, ni muertos. Sí, creo, existió en algunos elementos de la federal esa pulsión por la violencia y la humillación que varios de ellos se esfuerzan en reprimir porque, afortunadamente, no están dadas las condiciones políticas para actuar como en el pasado. Empero, cada tanto buscan la manera de satisfacerse, especialmente si el otro tiene el pelo largo, o es morocho, o reclama algo. Y se les nota.

Para volver al desprestigiado Mauricio, solo una última reflexión: es peligroso (para si mismo) cuando desde la política, por ineptitud o por lo que fuera, lo único que se sabe hacer es tratar de apagar un fuego con un chorro de nafta.



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Directora de Tucuman


La directora de escuela es kirchnerista de Cristina, y conoce ese pueblo desde hace 10 años. Es verdad que ve progreso, a ellos les pagan bien, mejor que en la Ciudad. Llegan subsidios, planes de agua, la radio.

Estamos escuchando los reclamos de todos los sectores y vamos solucionando cosas. Me lo dijo la directora y yo le creí.
Porque la gente anda feliz en el interior. Todo es mucho más relajado, pero ellos saben bien que las cosas andan mejor. Les va llegando de a poco, y está bien. Es mejor que los cambios se vayan dando con firmeza y sostenidamente.
La Pampa Húmeda queda muy lejos. Tener un buen diálogo con el gobierno central es imprescindible para estos argentinos.
La directora cumplió con su intensión y me mostró un pueblo donde los hombres tienen trabajo, y sus hijos van al colegio. Siempre hay reclamos, y es así como tiene que ser. Porque reclamar lo justo es digno, y los gobiernos tienen que escuchar. La soja es una preocupación, pero en Tucumán solo vemos caña de azúcar, con sus temas también.

Si yo tuviera la claridad de pensamiento que tiene la directora de la escuela no estaría escribiéndolo en un blog. Probablemente estaría ejerciendo una buena gimnasia, que es la ser un ciudadano que piensa en un todo.
Porque además la directora tiene frescos los recuerdos, y no olvida lo que encontró cuando llegó a este pueblo, en el 2000. Lo recuerda porque su vida también se caía a pedazos.

- Hay que agradecer lo que se hizo - mientras revuelve un mate cosido. Acepto que cuesta conseguir más palabras de ella, de casi todos. La amabilidad hay que encontrarla por otro lado.
- Entra una luz linda por esa ventana - comento después. Ella mira para ese lado, y creo que me da la razón.

En la escuela hacen ladrillos con los vecinos, y plantan árboles con algunas mujeres del pueblo, y hasta crian gallinas que les da el INTA (ya lo dije, pero sirve bien para describir).
Y la dire siempre tiene algo que ver.

Llevar a los chicos al colegio. Mandarlos es una obligación. Tanto para los padres como para el estado. Yo acá tuve el ejemplo más feliz, la famosa familia que por primera vez en su historia va a dejar de ser analfabeta.
Y hay que tener la voluntad de hacerlo, digo, dejar de ser analfabeto y darle las herramientas para que lo haga.
Me mira con esa mirada franca que a veces clava con alguna persistencia. Existe una sintonía con otorgarle valor a esto (y tener la persona que lo quiera llevar a cabo) y las posibilidades reales de que se pueda lograr. Y la cuestión de la minería y el Indek, levanta el dedo el viejo, y parece que ladra. Hacer zapping y verlo a veces al viejo, y nunca queda claro bien bien lo que dice.
Si estuviera la directora le preguntaría qué piensa.


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¡ASNO!


Hoy leí algo adonde estaba escrita correctamente la palabra "gansada".
Burro o ganso, me lo merezco.
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Se escriben muchas ganzadas en los blogs

Y un día volví. Física y virtualmente: mi cuerpo está aquí y hay blogs.
Un comentario (ver comentario Anónimo de esta nota de Il Corvino), firmado por un tal Nico, me mostró la punta del ovillo. Era lo que estaba necesitando para ordenarme y contar.

Conferencia de prensa en una casa de Luis Guillón. Pocas cámaras, te diría que ninguna. A mi lado, un escritorio que debería estar lleno de papeles, también llamados folios o expedientes, dispuestos para las cámaras. Pero así como dije que no hay cámaras, digo que no hay expedientes. Estoy yo, un teclado y la omnipresente pantalla.

Volví de eso que mi amigo Nico llama "el norte", donde afirma que "los chicos se mueren de hambre". ¿Se acuerdan? Los chicos se morían de hambre en Tucumán. Una nena tucumana lloraba de hambre por cadena nacional, para el programa de Lanata. Y esa nena llorando, que seguramente habrá llorado muchas otras veces antes, de hambre también, fue como la confirmación final de que todo se había ido al carajo (se estuvo yendo durante mucho tiempo, hablemos claramente). La descubrimos a la nena en Buenos Aires, y una vez que ganó la primera plana y el horario central supimos (el país lo supo, porque lo supo Buenos Aires, es así como funciona la cosa - para los que dicen que no hay monopolios) que nos habíamos equivocado tanto... Era la Tucumán del 2001/2002.

Estamos en el año 2010. Viajé a Tucumán. Es el paradigma del norte argentino de Nico (y de muchos otros), del hambre y la pobreza estructural en un país adonde todo sigue igual. Donde, supuestamente, seguimos haciendo llorar a los chicos.

Hay dos pueblos netamente rurales, Atahona y Monteagudo, que pertenecen al departamento de Simoca, al sudeste de la provincia. Pegadito a Santiago. Es ésta, de acuerdo a sus propios habitantes, la zona más pobre de la provincia. Estuve viviendo ahí casi dos semanas. Y sí, vi pobreza, mucha, como ya había visto antes en otros lugares.

La situación es la siguiente: hay una fundación, que tiene un tren, que es un hospital pediátrico. El tren viaja a las provincias del norte pobre con médicos voluntarios. Ahí estuve yo. Ví y viví lo que un médico de ese tren. Y fui a colegios rurales, adonde dormí, y conversé con maestros rurales y con la directora de esa escuela, y con el delegado comunal, y con los vecinos y con los chicos.

Lo reitero, para que quede claro: hay pobreza.

Y acá entramos en uno de las vueltas de este ovillo que es mi relato: para mi (¿nuestra?) mirada urbana pequeño burguesa, hay pobreza. La gente tiene poco, usan las zapatillas hasta que revientan, algunos se mueven a caballo, crían gallinas para comer. Esa noción de pobreza como típico reduccionismo mercantil de clase existe.

Espero que esto que digo encuentre su explicación más adelante.

Hay también, si ampliamos un poco la mirada, un défict grande en lo que respecta a tópicos más caros a la mirada del progresismo nacional y popular (ideología que, vale aclarar, mejor me representa): la educación y el acceso a la salud. Sin ser un profesional sanitario, siendo solo un mero testigo durante 12 días, me arriesgo a hablar de una situación de déficit. Y doy mis razones (aviso acá que el texto es largo y pido disculpas):

1- Pediatras, odontólogos y asistente social en charla informal:

- los chicos tienen la boca a la miseria. No se cepillan los dientes.

- lo que me llama la atención es que de peso y talla están bien. No vi cuadros de desnutrición.

- Las madres manifiestan que cobran la asignación universal. Algunas se tienen que poner al día con el DNI o las vacunas.

- Hay cosas básicas de educación (para la salud) que faltan.

Se entiende que los díalogos no son textuales, no?


2- Pueblo de Monteagudo. Encontré en google que el Censo 2001 dió 2300 personas. Tiene lo que se conoce en la jerga médica como CAPS. Intuyo que quiere decir Centro de Atención Primaria de Salud, o similar. Es relativamente grande, más o menos nuevo (le calculo 3 o 4 años). No entré, pero escuché a los médicos del tren decir que hay una enfermera, va un médico algunos días de la semana, una ginecóloga y he visto una ambulancia en la puerta.

El hospital más cercano está en Simoca, capital del departamento, a unos 10 km de Monteagudo. Pasé por la puerta 2 veces con el colectivo. Parece grande, es nuevo y, si se pudiera hablar de belleza en este tipo de construcciones, diría que es lindo. No conozco su interior, si tiene todo, como es la atención. Mi última experiencia en hospitales es, paradójicamente, también de Tucumán. Fue muy positiva, y se puede leer aquí.

- 3- Unos 400 chicos se atendieron en el tren hospital en los 12 días que estuvo entre los 2 pueblos. De mi simple observación puedo decir que el problema más grave y recurrente es el de caries y dientes podridos. Faltan servicios de odontología al alcance de todos, y falta prevención, lo que me lleva directamente al punto siguiente:

- 4- Visito la escuela de “Los Perez”, pequeña población, un caserío diría, en el medio del monte. Es una escuela digna (por usar un término descriptivo más o menos ambiguo, que no brinda muchas seguridades). Simplifico y le explico a la maestra que visito su escuela como colaborador del tren hospital. Me dice algunas cosas que ahora, algunos días después, descubro que dicen más que lo explícito. Me dijo más o menos esto: ah, no sabía que estaba el tren, ¿ya se fue? (ver A). Tienen que venir a esta escuela. Tienen que darle a los chicos esas charlas de alimentación. Acá, por ejemplo, la gente tiene vacas y nos las ordeñan, prefieren comprar la leche (ver B). Y tienen que venir a hablar del cepillado de dientes (ver B y C). Los chicos comen muchas golosinas y tienen todos los dientes picados.

Este texto con pocas pretenciones se complejiza. Tiro del ovillo y voy descubriendo cosas, pliegues de una realidad que todavía se simplifica con el clásico “los chicos del norte se mueren de hambre”. Intento unir los elementos, reflexionar sobre lo observado. Es nada más que eso.

Volvamos.

La conversación con la maestra rural de Los Perez me resulta muy rica, principalmente por lo que subyace a sus dichos:

A- Cuando ocurrió la conversación, el tren hospital ya se había ido de Monteagudo. Estuvo estacionado allí, en actividad, durante 4 días. Atendió a más de 200 chicos. Ella, maestra, no lo sabía. ¿Es posible que un acontecimiento de esa naturaleza, que se repite una vez al año, no lo supiera? ¿Nadie fue capaz de decirle a esa maestra, que, vale aclarar, tiene compañeras maestras y le da clases a unos 90 chicos, de que el tren estaba a unos 10 kilómetros de su escuela? Por si no se dieron cuenta, estoy hablando de una cuestión de comunicación. Tanto estamos hablamos de ella, de un lado y del otro, y me vengo a topar con el ejemplo perfecto de desinformación, donde la existencia de monopolios y alharacas tienen su correlato fatal en la realidad.

Agrego nomás un último detalle, ilustrativo al palo: en pocos meses Monteagudo contará con su propia radio comunitaria. Asistí a una charla de la que participaron unas 20 personas, entre vecinos de Monteagudo y localidades aledañas para la formación de técnicos, locutores y productores de contenidos. El gobierno ya dispuso de los equipos y los pueblos ya cuentan con los espacios para instalar las radios. Les falta poco para estar al aire. ¿que a los pobres no les importa la comunicación?

B- Mi querida maestra me sigue dando material de reflexión (hablaré otro día de la directora, merece post aparte). Resulta que la maestra me dice que “tienen que venir a dar las charlas. Están las vacas y no las ordeñan” Ella lo sabe. Ella es maestra. Cumple un rol fundamental en un pueblo como Los Perez, donde el único vestigio de Estado que hay en 10 km a la redonda es ella, su escuela y los postes de luz. Ella tiene el privilegio y la responsabilidad de representar al estado frente a las familias de su distrito, y, por sobre todo, sabe a la perfección que las vacas están, falta que alguien las ordeñe. Y entonces, ¿por qué espera que alguien de Buenos Aires, que llega una vez al año con guantes de latex y jarabes para la tos le diga a los vecinos que apenas conoce lo que ya la maestra sabe? ¿Cuál es la razón para que ella me lo diga a mi pero no se lo diga a los padres de sus alumnos? Con una claridad que yo no tengo, uno de los pediatras del tren, tucumano él, días antes de que ocurriera mi conversación en la escuela, me lo dijo: están acostumbrados a que les den todo. Siempre fue así. Es increíble que en tanto tiempo que la fundación llega a estos pueblos, no haya dejado nada para que ellos se organicen y generen sus propias herramientas.

Se que en este punto me estoy metiendo en un terreno sensible que conozco poco. Solo voy a agregar que hay una responsabilidad compartida entre pobladores y gobiernos para que situaciones como estas, tan de sentido común, se perpetúen en el tiempo. Tengo el testimonio de otras dos personas, peronistas K de estos pueblos tucumanos, que me llevan a afirmar lo de la responsabilidad compartida. Los mismos vecinos del pueblo muestran un profundo desinterés en el progreso, en cualquier atisbo de cambio. Así, hasta al más voluntarioso se le hace difícil.

C- Es una realidad tan o más incontrastables como los puntos anteriores. Los chicos del interior tienen mal las dentaduras. Se trata, ante todo, de un problema de educación. No hay una cultura del cepillado de dientes. Y para colmo, no hay dentistas. Y los que hay, hay que pagarlos. Y son caros.
Tengo cero autoridad para hablar de cuidado bucal, solo me atreveré a decir que muy pocos tienen la mínima costumbre de cepillarse, y la solución buscada es la de sacarse los dientes que molestan como quién se quita el problema de encima. Que no es estrictamente un cuestionamiento negativo el que les estoy haciendo, ya que, nuevamente, partimos de una mirada diferente para evaluar lo bueno y lo malo de algo en sociedades tan diferentes a las nuestras.


El texto se hace largo. Hay muchas explicaciones para dar, y los temas están todos unidos, como en un ovillo. Son temas que tienen elementos de la economía, de la educación, de la salud, de una comunicación que exprese esos objetivos, de militancia y de tiempo. Hacen a la democracia.

La importancia que nuestra presidenta le da a casi todos estos objetivos está bien fundamentada. Son sólidas nuestras razones para creer que demostraron capacidad para cumplirlas. Las obligaciones con la educación formal en el norte, donde los chicos se morían de hambre, en ocho años han progresado mucho. Por mencionar algo: los maestros van a las escuelas en sus propios autos, lindos autos nuevos.

Más o menos lo mismo pasa con los servicios de salud, aunque ambos tópicos muestran déficits, como dije antes. Nadie se muere de hambre, porque pueden comprar la leche aunque tengan las vacas.

Queda mucho por hacer, y eso es algo que está claro en la presidenta. Lo repite constantemente. Con sus discursos nos interpela y nos llama a la acción. Tenemos muchos elementos en nuestras manos, empezando por la política, para trabajar con un norte común.

Basta de reclamar soluciones inmediatas desde el living de casa, en la creencia de que no se hace nada por el pueblo. ¿Saben lo que significa que un vecino del pueblo de Palomino te diga que está criando gallinas ponedoras que le dió el INTA? ¿O ver en el medio del monte tucumano diez casitas y una escuela, y una camioneta del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación?

Estamos nosotros, los militantes y las clases medias para recordarle a esta presidenta, y a los que puedan venir, qué cosas quedan por hacer. No desde la abulia o la soberbia, sino desde la buena leche, desde las ganas de progresar.


Cada vez que le dejamos la presidencia, democrática o no, a las elites militares y oligárquicas, tuvimos chicos muertos de hambre en el norte y en el conurbano. Hubo represión de la protesta en el pasado, hoy no.

A partir de ahí, hay que reconstruir un país entero. Y eso, necesariamente, requiere de los medios de comunicación que Clarín posee.

Y también se necesita renta.

¿Acaso no estuvimos hablando de todo esto ultimamente?




Por último: son demasiado buena gente.









Fotos con Copyright de Mariano Iñiguez
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